Estimados colegas :

Algo espigado, de barba ligera, ojos claros de penetrante mirada y una perenne sonrisa. Enfundado en “bluejeans” y calzando sandalias, era un poco parco, pero muy sencillo y cordial y lucía un envidiable sentido del humor. Así conocí al doctor Everett Rogers, catedrático eminente en la Carrera de Comunicación Social de la Universidad del Estado de Michigan, en septiembre de 1965 cuando inicié en ella estudios de postgrado. Nacido en una finca del Estado de Iowa, este talentoso sociólogo rural ya había comenzado entonces, a los 33 años de edad, a cobrar prestigio en el ámbito académico de su país. Sin embargo, exudaba modestia. Llano, simpático y del todo ajeno a la petulancia, manejaba sus clases dialógicamente con amenidad y apertura tales que lo alejaban de la postura magisterial para acercarlo al terreno de la amistad con sus discípulos.

La fama de Rogers, que demoraría poco en sobrepasar las fronteras de su patria, había comenzado a forjarse en 1962 cuando publicó en inglés su libro Difusión de Innovaciones, producto de su disertación doctoral complementada con otros estudios. Propuso en él una teoría sobre el proceso por el cual los integrantes de los sistemas sociales adoptan innovaciones, un cambio de comportamiento en el que, según lo demostró, la comunicación cumple un papel primordial. Esta obra circuló prontamente entre otros países de habla inglesa en Asia y Africa y desde 1963, traducida al español, lo hizo también en los de América Latina aunque en menor grado. Hasta la fecha ha llegado a su quinta edición y es la segunda obra más citada en las actividades de las ciencias sociales en Norteamérica. Algunos estiman que puede ser la más influyente en el pensamiento mundial en materia de comunicación en los últimos cuarenta años.

De 1963 a 1964, estimulado y apoyado por el sociólogo colombiano Orlando Fals Borda, fue docente e investigador de la Facultad de Sociología que aquél dirigía en Bogotá. Así comenzó lo que iría a ser una larga e importante relación con Latinoamérica. La continuó cultivando a partir de 1965 por su contacto con varios estudiantes latinoamericanos en la Universidad del Estado de Michigan y conduciendo en Brasil un estudio a lo largo de cinco años a cargo de investigadores de la Universidad Federal de Minas Geraes. Y la consolidaría dando conferencias y clases, en los años del 60 y del 70, en el Centro Internacional de Educación Superior en Comunicación para América latina ( CIESPAL en Quito, Ecuador. Igualmente, ejerció la docencia en México en 1979. Quizás precisamente por ese relacionamiento, por lo menos en parte, sucedió que la fuente principal de críticas al planteamiento teórico del difusionismo hecho por Rogers vino a ser la América Latina. Las primeras, si bien acaso esquemáticas y no formalizadas en la literatura de la disciplina, tuvieron lugar ya a mediados de los años del 60, cuando Rogers estaba enseñando en Colombia. Ellas le brindaron el estímulo inicial que lo conduciría un día a reconsiderar sus concepciones.

El cuestionamiento sistemático y frontal al modelo difusionista comenzó en el primer tercio de la década de 1970 con unos pocos pero perceptivos estudios críticos en Colombia y Brasil. Ellos desahuciaron la validez de aquel enfoque para las condiciones de la realidad latinoamericana necesitada de cambios estructurales profundos para superar al desarrollo entendido, por influencia estadounidense, simplemente como el cambio del tradicionalismo a la modernidad a producirse por el empleo de nuevas tecnologías para lograr el progreso material ... soslayando la preocupación por la equidad sin la cual el desarrollo realmente democrático es imposible.

A lo largo de una sobresaliente trayectoria académica de casi medio siglo, Rogers publicó cuando menos dos docenas de libros y centenares de artículos en revsitas, fue catedrático en doce universidades, de las cuales la mitad eran de Europa, América Latina y Asia, y fue guía de doscientas tesis doctorales de estudiantes de muchas partes del mundo. Recibió por esto y por mucho más, varias distinciones formales, pero tal vez la más alta que llevó en su pecho fue la de haberse consagrado mundialmente, con Wilbur Schramm y Daniel Lerner, como precursor y sumo sacerdote de la comunicación para el desarrollo.

A la mitad de la década del 70 el diálogo, la reflexión y el análisis de recientes evidencias llevaron a Everett Rogers a admitir no pocos de los cuestionamientos e inclusive a modificar en consecuencia su esquema teórico no sólo sobre el papel de la comunicación en el desarrollo sino sobre la concepción del desarrollo mismo. En una entrevista que le hicieron los colegas Rafael Obregón, de Colombia, y Arvind Singhal, de la India, en junio del presente año “Ev”, como le llamaban todos, recordó tal evolución en estos términos:

“Como he dicho, mi concepción del rol de la comunicación en el desarrollo empezó a cambiar y el mayor testimonio de ello fue publicado en 1976 en una edición del journal Communication Research, publicado en inglés en los Estados Unidos. Esta edición incluía artículos de académicos de América Latina como Beltrán y Díaz-Bordenave, por ejemplo, y de académicos de Asia y Africa. Los artículos incluyeron estudios empíricos que mostraban que el desarrollo podía darse de diferentes maneras, incluyendo la importancia de los modelos participativos. Yo fui el editor de esta publicación especial, que posteriormente fue publicada como un pequeño libro por Editorial Sage. En mi capítulo inicial básicamente planteo que el viejo modelo de comunicación y desarrollo había pasado o estaba pasando y que existía suficiente evidencia que respaldaba mi tesis. Mi pensamiento sobre comunicación y desarrollo estaba cambiando, al igual que mis planteamientos sobre el tema en mi producción académica.”

Esa entereza, esa hidalguía, fue la virtud que yo celebré más en mi maestro y amigo Everett Rogers. El me enseñó – en palabras y con acciones – que el científico tiene la obligación moral de estar siempre dispuesto a revisar sus creencias y afirmaciones apenas las haya hecho o, por decirlo así, debe vivir listo a negarse a sí mismo cuando halla razones y evidencias válidas para ello. El supo hacer eso más y mejor que ningún otro, lo cual requirió valor, rectitud y nobleza excepcionales. Y fue él quien me indujo específicamente a criticar sus planteamientos teóricos. Lo hizo cuando yo era su alumno y ayudante de cátedra al retarme a cuestionar permanentemente lo que afirmaba. Y lo volvió a hacer cuando ya era su ex-alumno y me invitó a escribir críticamente para aquel texto “revisionista” del 76 editado por él en Sage. Proclamó más de una vez, sin vacilación ni ambages, que fue el pensamiento crítico y creativo de latinoamericanos el que lo indujo a cambiar su visión.

No sólo disfruté del privilegio de ser su auxiliar y discípulo sino que tuve, además, el gran honor de que fuera el asesor de mi tesis sobre comunicación y desarrollo para obtener el grado de Magister of Arts en 1968 y el placer de ser también su amigo. Le debo, pues, muchísimo. Y lo recordaré siempre con gratitud, admiración y afecto.

La última vez que volví a encontrarme con él fue en junio del 2003 en un seminario de la Organización Mundial de la Salud realizado en Cancún, México. La cruel dolencia lo tenía ya algo afectado pero aún se esforzaba en seguir laborando. Más tarde supe por amigos en el exterior que ya se hallaba desahuciado. Y justamente Singhal y Obregón me dieron la noticia de su muerte acaecida en octubre 21 en Abuquerque, Nuevo México, y de la inhumación de sus restos a fines del mismo mes en la granja paterna de Iowa.

Ruego a ustedes, estimados colegas, que rindamos un homenaje a ese singular ser humano desaparecido con una íntima plegaria que – expresada por un minuto de silencio – llegue hasta su tumba en alas de cóndor y con lágrimas de kantuta.

 

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